Las Mil y una Noches


La obra titulada “Las mil y una noches” pertenece a la literatura árabe y se trata de un conjunto de cuentos populares. La fecha en la que fue compuesta no se conoce con exactitud porque durante toda la Edad Media fue difundida de manera oral. Fue en el siglo XV cuando se plasmó por primera vez por escrito. Sin duda, esta obra cumbre árabe marcó un modelo que influyó en las colecciones de cuentos de la literatura europea posteriores.
La versión más popular de “Las mil y una noches” que ha llegado a nuestros días es la traducida por Antoine Galland, la cual data del siglo XVIII.

Esta obra árabe cuenta con un marco narrativo (que, seguramente, se añadió durante el siglo XIV) que sirvió de unión entre todo el bagaje folclórico con el que contaba.

La trama de “Las mil y una noches” narra la historia de un sultán persa llamado Shahriyac quien ordenó el asesinato de su mujer porque no le había sido fiel. Desde este hecho, cada noche tomaba a un mujer diferente y también la mandaba matar cuando llegaba el amanecer. Una de ella se llamaba Scherezade y fue la única que consiguió gustarle al sultán. De hecho, ella le estaba contando un cuento durante el amanecer en el que le tocaba ser asesinada, pero el sultán se sintió tan interesado que decidió perdonarle la vida. De este modo, cada noche, concretamente mil una noches, esta mujer le contaba un cuento, con lo que consiguió seguir viva.

El método literario que se utiliza para presentar cada uno de esos cuentos se conoce con el nombre de “cajas chinas”, acuñado por el autor Mario Vargas Llosa, lo que consiste en que uno de los personajes de un cuento se convierte en el eje sobre el que girará el siguiente, y así sucesivamente, componiendo, de esta forma una obra total en conjunto.
Estos cuentos que se encargan de conformar la obra completa de “Las mil y una noches” son realmente diferentes entre sí, de hecho, aparecen cuentos con animales de protagonistas, relatos piadosos, cómicos, paródicos, trágicos, de caballerías (Historia de Achib, Garib y Sahim al-Layl), eróticos, esotéricos (Historia de Hasib Karim al-Din), didácticos (Historia de la esclava Tawaddud) y picarescos de origen egipcio (Historia de Alí al-Zaybaq al-Misrí)
Pero, sin duda, de todos esos cuentos que compusieron la obra de “Las mil y una noches” fueron sólo tres de ellas las que realmente alcanzaron tal popularidad que han llegado a nuestros días a la cultura occidental: “Aladino y la lámpara maravillosa”, “Simbad el marino” y “Alí Babá y los cuarenta ladrones”.

Con lo que respecta a los personajes destacan, sobre todo, los fantásticos, seres mágicos y animales con forman antropomóricos, aunque también aparece Dios, en menor medida

La Literatura Árabe, de El Corán a Las Mil y una Noches


La literatura árabe, de cuya época preislámica ya nos hemos ocupado, dio un verdadero giro copernicano con la aparición del profeta del Islam, Mahoma. Nacido en la ciudad de La Meca en el año 570 (de la era cristiana) Mahoma comenzó a predicar su mensaje y se basó, para ello, en las tradiciones judías y cristianas. Cuando murió, sus seguidores pusieron por escrito sus revelaciones, dando forma al libro sagrado de los musulmanes, el Corán.

El Corán está dividido en 114 capítulos (también llamados suras), que fueron compilados unes veinte años después de la muerte de Mahoma. Si bien el Corán tuvo y sigue teniendo, como todos sabemos, una importancia capital en la religiosidad de todo el mundo musulmán, aquí debemos centrarnos en lo que aportó y supuso para la historia de la literatura. Se presentan en él numerosas leyendas que han tenido después una enorme repercusión. Por ejemplo, la leyenda de los siete durmientes (de origen cristiano), que cuenta la huda de siete jóvenes cristianos debido a la abjuración impuesta por el emperador Decio.

Sin embargo, la que seguramente fue la mayor repercusión que tuvo el Corán para la literatura posterior fue que, al estar escrito en árabe, esta lengua se convirtió en la más usada en todas las tierras conquistadas por los musulmanes, que no fueron pocas. Así, de Bagdad hasta Córdoba, de Damasco a Tombuctú, el árabe se convirtió en el principal vehículo del conocimiento, se formaron escuelas, se desarrollaron ciencias y, cómo no, se escribieron obras literarias. Adquirieron importancia algunos géneros concretos, como el historiográfico y el relato breve. Una de las primeras grandes obras en esta lengua fue la traducción del Panchatantra, escrito en sánscrito, que se vino a llamar Calila y Dimma. A finales del siglo X, el escritor Badí al-Azmán al-Hamadaní reunió una colección de cuentos a la manera de la literaria sánscrita, y los redactó de forma culta, lo que contribuyó a fijar el género y sus formas recurrentes. Incluso se les dio un nombre propio: a partir de entonces, a estos relatos se les llamó macama.

Esta colección del siglo X fue el paso previo al conjunto de relatos más colosal y fascinante de toda la literatura árabe: Las mil y una noches. Esta obra, cuyos relatos fueron despreciados por los sabios musulmanes, sobrevivió a lo largo de los años gracias a la transmisión oral, lo que no impidió que tuviera una gran trascendencia en otras muy diversas obras. Sus cuentos están pensados no para moralizar ni educar, sino para divertir y entretener. Tratan de aventuras, de luchas contra seres superiores y de relaciones amorosas. Pero tienen un argumento principal que actúa de hilo conductor y excusa para introducir cada uno de ellos: un rey ordena a sus súbditos que le entreguen diariamente a una doncella, a la que mata después de pasar con ella la noche. Así se cumple hasta que una de estas doncellas, Scherezade, la más culta e inteligente de todas, despierta la curiosidad del soberano contándole cada noche una historia que deja interrumpida al amanecer, de modo que el rey, ansioso por conocer el final, tiene que esperar a la noche siguiente para que se le desvele el desenlace. Así sucede durante mil noches, hasta que el rey se enamora de la doncella y la convierte en su esposa.

La fabulosa doncella mantuvo entretenido al rey con cuentos que hoy son conocidos por todos: Alí Baba y los cuarenta ladrones, Aladino y la lámpara maravillosa, Simbad el marino, etcétera. La mayoría inspiraron después libros, cuentos, relatos y, en épocas más recientes, incluso películas de cine.








Colecciones de Cuentos Medievales


En el artículo de hoy viajaremos hasta la corte de Alfonso X en la Edad Media y veremos algunas obras de la época. Es pues, en la Edad Media cuando encontramos una serie de colecciones de cuentos castellanos que proceden de la cultura árabe. Las dos obras que merecen ser destacadas son Calila y Dimna y el Sendebar.

Calila y Dimna es la traducción, probablemente encargada por Alfonso X cuando todavía era un infante, de la versión árabe ofrecida por Ibn al Muqaffa inspirada a su vez en el Panchatantra hindú. Esta obra, fechada en 1521, está compuesta por cinco libros, divididos en quince capítulos y tres introducciones, que se destinaban a la formación y educación de los príncipes a través de preceptos obtenidos de fábulas cuyos personajes eran animales. Cada uno de estos quince capítulos cuenta una historia diferente donde se introducen otros cuentos de mayor brevedad, recurso que recibe el nombre de “estructura de caja china” y que es frecuente en las colecciones de cuentos árabes, como por ejemplo podemos observar en la conocida Mil y una noches.

Calila y Dimna son dos lobos, protagonistas de la obra. Dimna busca la confianza del león, el rey, y lo enfrenta con su mejor amigo, el buey, hasta lograr su muerte. Por otra parte Calila muestra al rey la injusticia cometida y finalmente será Dimna quien sea castigado. A partir de ahí se introducen el resto de relatos.

Al Sendebar o Libro de los engaños y asayamientos de las mujeres se le supone un camino similar al seguido por el Calila y Dimna en sus traducciones, es decir, la versión castellana provendría de una traducción árabe que a su vez procedería de la tradición hindú o persa. El Sendebar, posterior al Calila, ha sido fechado en 1523.

El libro comienza con el hijo del Rey siendo acusado de abusar de una de las concubinas reales, cuando en realidad el príncipe ha rechazado satisfacer los deseos de la mujer. Este es condenado a muerte y en los días de espera a la ejecución de la condena, pues el Rey ha recibido el consejo de no precipitarse, es cuando se introducen los 23 cuentos que se intercalan en el argumento. Estos relatos son contados por siete consejeros que narran dos cuentos cada uno, muchos de ellos con un aire misógino, y también la madrastra del príncipe interviene con algunos cuentos buscando el desdichado final del príncipe que finalmente recibirá ella, pues el príncipe es exculpado y ella condenada.

Principalmente dos temas recorren el libro, por un lado la educación del príncipe y por otro la prevención ante la maldad de la mujer, de ahí la misoginia que recorre la obra.

Otra de las colecciones de cuentos medievales que podemos señalar es la de Barlaam y Josafat, que consiste en la adaptación cristiana de la historia de Buda.

Y por último, en esta época hemos de tener en cuenta también las colecciones de Fabliaux europeas, cuyo origen también es árabe, y que contribuirán a la madurez de las nuevas lenguas romances en esta segunda mitad del siglo XIII.

 

Cuentos Medievales


La Edad Media supuso para la mayoría de los géneros literarios un largo período en el que los viejos géneros greco-latinos se fueron transformando, poco a poco, hasta originar las primeras pinceladas de los géneros que conocemos hoy en día. Así ocurrió con la lírica, con la narrativa y, como hoy vamos a ver, también con el cuento.

La existencia de relatos breves o cuentos es común en casi todas las culturas. En la Antigüedad este tipo de relatos solían insertarse en obras de mayor extensión, muchas veces como interludio y otras como parte integrante de la propia obra. Cuando no era así solían ser cuentos de tipo didáctico y moralizante, que en lugar de buscar la excelencia literaria trataban de contar de forma sencilla una historia igualmente simple, muchas veces una mera anécdota, que sirviera para aprender alguna lección moral o ética.

A estos cuentos se les conocía como ejemplos, apólogos o fábulas, y tuvieron mucho éxito en la primera parte de la Edad Media. No obstante, con la aparición de los primeros signos de la modernidad -desruralización, urbanización, aparición de la primera burguesía urbana- los cuentos empezaron a explotar sus capacidades de entretenimiento, y a su vez, a mejorar su calidad literaria.

Dada la pronta aparición de este movimiento ciudadano en Italia, que se adelantó a las demás naciones de Europa, es allí donde el cuento se “moderniza” en primer lugar. Giovanni Bocaccio fue el primer y más importante renovador del género, con su obra el Decamerón, una amplia colección de cuentos que iba a tener una influencia importantísima en los siglos posteriores. Con la misma estructura narrativa que Las mil y una noches, el Decamerón incluye cuentos de procedencias muy diversas, y los ambiente tanto en contextos fantásticos como -la mayoría de los veces- en situaciones realistas. La principal novedad, no obstante, es que Bocaccio no incluye en sus cuentos ninguna intención moralizante, con lo que se aleja definitivamente de la tradición fabulesca y pone los cimientos del cuento moderno.

Poco después surge en Inglaterra el otro gran renovador del género, Geoffrey Chaucer, autor de los Cuentos de Caterbury, de clara influencia bocacciana. Al igual que el Decamerón, los cuentos de Chaucer carecen de intención moralizante, son variados y están ambientados casi todos en ámbitos realistas, protagonizados por personajes de su propia sociedad. Chaucer prestó mucha atención al estilo, que hizo ameno y divertido, para hacerlo entretenido al futuro lector. Con su obra quedó fijado el nuevo canon para la posterior aparición del cuento moderno.




Biografía de Umberto Eco

Crítico literario, semiólogo y novelista italiano.

-Es considerado uno de los intelectuales más relevantes de Europa en la segunda mitad del siglo XX y comienzos del XXI.

-Nació el 5 de enero de 1932 en Alessandria cerca de la ciudad de Turín.

-Ingresa a estudiar derecho a la universidad de Turín la cual abandona por Literatura y Filosofía Medieval ( base de sus futuras novelas)-

-1954 se titula con una tesis sobre Tomás de Aquino sobre la cual escribe luego El problema estético en Santo Tomás de Aquino (1956),su primera publicación.

-A mediados de los 50 trabaja como editor cultural de RAI (Radio Audizione Italiana).
A partir de 1961 impartió docencia de estética en Turín y al año siguiente en la facultad de arquitectura de Milán. Entre 1966 y 1969, fue profesor de «comunicaciones visuales» en la universidad de Florencia y de semiótica en Milán. En 1971 vinculó su carrera docente a la Universidad de Bolonia, donde, en 1975, pasó a dirigir el Instituto de Arte, Música y Espectáculo.

-Durante los próximos años se dedica a escribir y publicar libros y ensayos sobre comunicación, semiológca y novelas, más abajo desglosadas.
-En febrero de 2000 creó en Bolonia la Escuela Superior de Estudios Humanísticos. La 'Superescuela', como se la conoce ya en Italia, es una iniciativa académica sólo para licenciados de altísimo nivel destinada a difundir la cultura universal. También es secretario (y fundador desde 1969) de la Asociación Internacional de Semiótica.
-Es doctor honoris causa por 25 universidades de todo el mundo, entre ellas, la Complutense (1990), la de Tel Aviv (1994), la de Atenas (1995), la de Varsovia (1996), la de Castilla-La Mancha (1997) y la Universidad Libre de Berlín (1998). Posee numerosos premios y condecoraciones, como la Legión de Honor de Francia.
Aportes
-Aborda temas que van desde tratados de semiológica, semiótica pasando por escritura, lengua, filosofía del lenguaje y comunicación y lenguaje universal hasta novelas tan importante como “El Nombre de la Rosa”, su más conocida obra novelística que fue llevada al cine.

-La comunicación, incluido el despertar de Internet, está no sólo en su obra escrita, sino en su permanente presencia pública, en conferencias, artículos periodísticos, intervenciones académicas.


-Además hace importantes aportes teóricos al desarrollo de la estética de la interpretación. Atribuye al objeto de arte un mensaje ambiguo, abierto a la subjetividad de la recepción, esto quiere decir que es una pluralidad de significados dentro de un solo significante.

-La obra, el texto, conduce a un trabajo de interpretación, de invención, de proyección semántica, de colaboración del lector ( Intentio Lectoris). Sólo el ‘lector ideal’ sería aquel que decodificase el mensaje en los mismos términos en los que lo produjo el autor(I.Autoris).Estas relaciones entre el autor y el lector van a aparecer en diversos trabajos de Eco .

BIBLIOGRAFIAS

OBRA Narrativa
- "El nombre de la rosa" (1980).
Editorial Lumen, Barcelona, 1985

Valiéndose de las características propias de la novela gótica, la crónica medieval y la novela policíaca, El nombre de la rosa narra las actividades detectivescas de Guillermo de Baskerville para esclarecer los críme­nes cometidos en una abadía benedictina en el año 1327. Le ayudará en su labor el novicio Adso, un hombre joven que se enfrenta por primera vez a las realidades de la vida, más allá de las puertas de su convento.

- "El péndulo de Focault" (1988)
Editorial Lumen Primera Edición 1989 584 páginas.

Tres intelectuales que trabajan en una editorial de Milán establecen contacto con autores interesados en las ciencias ocultas, las sociedades secretas y las conjuras cósmicas. En un primer momento dicha relación se mantiene estrictamente profesional, pero poco a poco van estrechándose los lazos. Editores y autores inventan juntos, por puro juego, un complejo " plan", urdido supuestamente por los templarios siete siglos atrás. Pero alguien toma demasiado en serio el juego, y todos ellos se verán inmersos en una inquietante pesadilla.

-“La estrategia de la ilusión”
Lumen, Barcelona, 1986

-“Los gnomos de Gnu” Lumen, Barcelona, 1994

- "La isla del día de antes" (1994)
Lumen, Barcelona, 1995

-“Cinco escritos morales” (1998)
Lumen, Barcelona, 1998
- "Baudolino" (2000)Lumen, Barcelona, 2001.

-“Historia de la belleza” (2004)

- "La misteriosa llama de la reina Loana" (2005)
Lumen, Buenos Aires, 2005

OTROS TITULOS
-“Obra abierta” (1962)
Seix Barral, Barcelona, 1965

Eco plantea que toda obra de arte es "un mensaje fundamentalmente ambiguo, una pluralidad de significados que conviven en un solo significante". El resultado es la presencia de estructuras formales determinadas por una voluntad creadora pero que permiten un alto grado de ambigüedad y de intervención activa del receptor. La poética de la obra abierta tiende a promover en el intérprete actos de libertad consciente, a colocarlos como centro activo de una red de relaciones inagotables entre las cuáles él instaura la propia forma sin estar determinado por una necesidad que le prescriba los modos definitivos de la organización de la obra disfrutada.

-“Apocalípticos e integrados” (1964)
Lumen, Barcelona, 1969

En una serie de ensayos magistrales sobre la cultura de masas -en los que analiza la estructura del mal gusto, la lectura de los cómics, el mito de Superman, la canción de consumo, el papel de los medios audiovisuales como instrumento de información o el influjo de la televisión en el mundo de hoy-, Eco se plantea el problema central de la doble postura ante la cultura de masas: la de los apocalípticos, que ven en ella la «anticultura», el signo de una caída irrecuperable, y la de los integrados, que creen optimistamente que estamos viviendo una magnífica generalización del marco cultural.

-“La estructura ausente” (1968)
Lumen, Barcelona,1972;
El ámbito de los fenómenos comunicativos, los sistemas de signos, la negación de un «código de códigos», la dialéctica entre códigos y mensajes -la semiótica descubre aquí las relaciones entre el mundo de los signos y el mundo de las ideologías-, son los temas abordados por Umberto Eco en esta obra, donde coordina sus investigaciones precedentes y propone un verdadero sistema de la cultura como comunicación.

-“Tratado de semiótica general” (1975)
Barcelona, Lumen, 1985.
El autor profundiza las tesis planteadas en La estructura ausente. En este libro, Eco vuelve sobre algunos de los temas recurrentes en sus obras: el signo visual, el problema del iconismo a la luz de las teorías de Peirce y Morris, el arte como sistema lingüístico, el carácter ambiguo y autorreflexivo del mensaje poético.

-“Los límites de la interpretación”(1990)
Barcelona, Editorial Lumen, 1992
Los escritos reunidos en este volumen actualizan las tesis de dos trabajos anteriores del autor: Obra abierta (1962 y 1967) y Lector in Fabula (1979). Desde el interrogante sobre los límites de la interpretación en la obra artística, el autor indaga en la pragmática del texto, los criterios de economía de la lectura y la relación entre la intención del lector y la intención de la obra. Al mismo tiempo, en abierta polémica con las teorías deconstruccionistas, pretende demostrar que el principio de la semiosis ilimitada de Peirce no consiste en una derivación incontrolable del sentido de la obra. Aunque la interpretación de un texto sea potencialmente ilimitada, esto no significa, para Eco, que cualquier interpretación sea válida, y siempre habrá que confrontar las intenciones del lector con lo que el texto dice en su propia coherencia estructural.

-“La búsqueda de la lengua perfecta” (1993)
Crítica, Barcelona, 1994
Rastrea la utopía de la lengua perfecta a lo largo de casi dos mil años. Desde la lengua prebabélica hasta los lenguajes formalizados artificiales pasando por las lenguas místicas, mágicas y oníricas, el indoeuropeo, la cábala, las lenguas perfectas de Dante y Llull, el esperanto o las lenguas internacionales auxiliares, el profesor Eco va conduciendo hasta el final de la larga búsqueda de la cultura europea en pos de la lengua perdida.

-Arte y belleza en la estética medieval”
Lumen, Barcelona 1997.En este compendio de las teorías estéticas elaboradas por la cultura del Medioevo, desde el siglo VI hasta el XV de nuestra era, Eco recorre, de forma accesible para el lector no especializado, las etapas de un debate que, a partir de la Patrística y hasta los albores del Renacimiento, presenta aspectos dramáticos y apasionantes, y nos permite entender mejor la mentalidad, el gusto y los humores del hombre medieval.

-"La bomba y el general"

-“La definición del arte”
Destino, Barcelona, 2001
Un ensayo ya clásico acerca de la huidiza definición del arte. recoge textos escritos por Eco entre 1955 y 1963. El libro se divide en tres partes: En la primera parte se tratan cuestiones como la función y los límites de la sociología del arte, el pensamiento estético medieval o el problema de la definición del arte. En la segunda parte las nociones teóricas presentadas se ponen a prueba frente a las poéticas de vanguardia. El ensayo final Dos hipótesis sobre la muerte del arte, trata de mostrar cómo los instrumentos utilizados por la estética especulativa pueden ser de utilidad debidamente aplicados para valorar las manifestaciones más extremas del arte experimental.

-“Cómo se hace una tesis” (1977)
Gedisa, Barcelona, 1983
Además de ayudas y explicaciones para realizar una tésis, cuenta experiencias personales ,guía al lector con consejos técnicos y otros enfocados al tema emocional.

-“El superhombre de masas”
Lumen, Barcelona, 1995
Estudia a los superhombres de las novelas populares, de Rocambole a Montecristo, de Arsenio Lupin a James Bond, de Tarzán a Supermán, sin olvidar a Rodolfo de Gorolstein, el príncipe de Los misterios de París.Ademas se una serie de cuestinamientos a la sociedad lectora.

-“De los espejos y otros ensayos”
Lumen, Barcelona, 1988
-“Diario mínimo”
Difel, Lisboa, 1984
-“¿En qué creen los que no creen?”
Taurus, Madrid, 1997
-“Lector in fabula” (1979)
Lumen, Barcelona, 1981
-“Semiótica y filosofía del lenguaje” (1984)
Barcelona, Lumen, 1990 , 355 p
-“Kant y el ornitorrinco”
Lumen, Barcelona, 1999
-“La estrategia de la ilusión”
Lumen, Barcelona, 1986
-“La nueva edad media”
-“Las poéticas de Joyce”
Lumen, Barcelona, 1993
-“Los tres cosmonautas”
-“Segundo diario mínimo”
Difel, Lisboa, 1993
-“Seis paseos por los bosques narrativos”
Difel, Lisboa, 1995
-“El Signo “
Lumen, Barcelona, 1976;


 


 

El gato negro

  No espero ni remotamente que se conceda el menor crédito a la extraña, aunque familiar historia que voy a relatar. Sería verdaderamente insensato esperarlo cuando mis mismos sentidos rechazan su propio testimonio. No obstante, yo no estoy loco, y ciertamente no sueño. Pero, por si muero mañana, quiero aliviar hoy mi alma. Me propongo presentar ante el mundo, clara, suscintamente y sin comentarios, una serie de sencillos sucesos domésticos. Por sus consecuencias, estos sucesos me han torturado, me han anonadado. Con todo, sólo trataré de aclararlos. A mí sólo horror me han causado, a muchas personas parecerán tal vez menos terribles que estrambóticos. Quizá más tarde surja una inteligencia que de a mi visión una forma regular y tangible; una inteligencia más serena, más lógica, y, sobre todo, menos excitable que la mía, que no encuentre en las circunstancias que relato con horror más que una sucesión de causas y de efectos naturales.
La docilidad y la humanidad fueron mis características durante mi niñez. Mi ternura de corazón era tan extremada, que atrajo sobre mí las burlas de mis camaradas.
Sentía extraordinaria afición por los animales, y mis parientes me habían permitido poseer una gran variedad de ellos. Pasaba en su compañía casi todo el tiempo y jamás me sentía más feliz que cuando les daba de comer o acariciaba. Esta singularidad de mi carácter aumentó con los años, y cuando llegué a ser un hombre, vino a constituir uno de mis principales placeres. Para los que han profesado afecto a un perro fiel e inteligente, no es preciso que explique la naturaleza o la intensidad de goces que esto puede proporcionar. Hay en el desinteresado amor de un animal, en su abnegación, algo que va derecho al corazón del que ha tenido frecuentes ocasiones de experimentar su humilde amistad, su fidelidad sin límites. Me casé joven, y tuve la suerte de encontrar en mi esposa una disposición semejante a la mía. Observando mi inclinación hacia los animales domésticos, no perdonó ocasión alguna de proporcionarme los de las especies más agradables. Teniamos pájaros, un pez dorado, un perro hermosísimo, conejitos, un pequeño mono y un gato. Este último animal era tan robusto como hermoso, completamente negro y de una sagacidad maravillosa. Respecto a su inteligencia, mi mujer, que en el fondo era bastante supersticiosa, hacía frecuentes alusiones a la antigua creencia popular, que veía brujas disfrazadas en todos los gatos negros. Esto no quiere decir que ella tomase esta preocupación muy en serio, y si lo menciono, es sencillamente porque me viene a la memoria en este momento. Plutón, este era el nombre del gato, era mi favorito, mi camarada. Yo le daba de comer y él me seguía por la casa adondequiera que iba. Esto me tenía tan sin cuidado, que llegué a permititirle que me acompañase por las calles. Nuestra amistad subsistió así muchos años, durante los cuales mi carácter, por obra del demonio de la intemperancia, aunque me avergüence de confesarlo, sufrió una alteración radical. Me hice de día en día más taciturno, más irritable, más indiferente a los sentimientos ajenos. Llegué a emplear un lenguaje brutal con mi mujer. Más tarde, hasta la injurié con violencias personales. Mis pobres favoritos, naturalmente, sufrieron también el cambio de mi carácter. No solamente los abandonaba, sino que llegué a maltratarlos. El afecto que a Plutón todavía conservaba me impedía pegarle, así como no me daba escrúpulo de maltratar a los conejos, al mono y aun al perro, cuando por acaso o por cariño se atravesaban en mi camino. Mi enfermedad me invadía cada vez más, pues ¿qué enfermedad es comparable al alcohol?, y, con el tiempo, hasta el mismo Plutón, que mientras tanto envejecía y naturalmente se iba haciendo un poco desapacible, empezó a sufrir las consecuencias de mi mal humor.
Una noche que entré en casa completamente borracho, me pareció que el gato evitaba mi vista. Lo agarré, pero, espantado de mi violencia, me hizo en una mano con sus dientes una herida muy leve. Mi alma pareció que abandonaba mi cuerpo, y una rabia más que diabólica, saturada de ginebra, penetró en cada fibra de mi ser. Saqué del bolsillo del chaleco un cortaplumas, lo abrí, agarré al pobre animal por la garganta y deliberadamente le hice saltar un ojo de su órbita. Me avergüenzo, me consumo, me estremezco al escribir esta abominable atrocidad.
Por la mañana, al recuperar la razón, cuando se hubieron disipado los vapores de mi crápula nocturna, experimenté una sensacion mitad horror mitad remordimiento, por el crimen que había cometido; pero fue sólo un débil e inestable pensamiento, y el alma no sufrió las heridas.
Persistí en mis excesos, y bien pronto ahogué en vino todo recuerdo de mi criminal acción.
El gato sanó lentamente. La órbita del ojo perdido presentaba, en verdad, un aspecto horroroso, pero en adelante no pareció sufrir. Iba y venía por la casa, según su costumbre; pero huía de mí con indecible horror.
Aún me quedaba lo bastante de mi benevolencia anterior para sentirme afligido por esta antipatía evidente de parte de un ser que tanto me había amado. Pero a este sentimiento bien pronto sucedió la irritación. Y entonces desarrollóse en mí, para mi postrera e irrevocable caída, el espíritu de la perversidad, del que la filosofía no hace mención. Con todo, tan seguro como existe mi alma, yo creo que la perversidad es uno de los primitivos impulsos del corazón humano; una de las facultades o sentimientos elementales que dirigen al carácter del hombre. ¿Quién no se ha sorprendido cien veces cometiendo una acción sucia o vil, por la sola razón de saber que no la debía cometer? ¿No tenemos una perpetua inclinación, no obstante la excelencia de nuestro juicio, a violar lo que es ley, sencillamente porque comprendemos que es ley? Este espíritu de perversidad, repito, causó mi ruina completa. El deseo ardiente, insondable del alma de atormentarse a sí misma, de violentar su propia naturaleza, de hacer el mal por amor al mal, me impulsaba a continuar el Suplicio a que había condenado al inofensivo animal. Una mañana, a completa sangre fría, le puse un nudo corredizo alrededor del cuello y lo colgué de una rama de un árbol; lo ahorqué con los ojos arrasados en lágrimas, experimentando el más amargo remordimiento en el corazón; lo ahorqué porque me constaba que me había amado y porque sentía que no me hubiese dado ningún motivo de cólera; lo ahorqué porque sabía que haciendolo así cometía un pecado, un pecado mortal que comprometía mi alma inmortal, al punto de colocarla, si tal cosa es posible, fuera de la misericordia infinita del Dios misericordioso y terrible.
En la noche que siguió al día en que fue ejecutada esta cruel acción, fuí despertado a los gritos de «¡fuego!» Las cortinas de mi lecho estaban convertidas en llamas. Toda la casa estaba ardiendo. Con gran dificultad escapamos del incendio mi mujer, un criado y yo. La destrucción fue completa. Se aniquiló toda mi fortuna, y entonces me entregué a la desesperación.
No trato de establecer una relación de la causa con el efecto, entre la atrocidad y el desastre: estoy muy por encima de esta debilidad. Sólo doy cuenta de una cadena de hechos, y no quiero que falte ningún eslabón. El día siguiente al incendio visité las ruinas. Los muros se habían desplomado, exceptuando uno solo, y esta única excepción fue un tabique interior poco sólido, situado casi en la mitad de la casa, y contra el cual se apoyaba la cabecera de mi lecho. Dicha pared había escapado en gran parte a la acción del fuego, cosa que yo atribuí a que había sido recientemente renovada. En torno de este muro agrupábase una multitud de gente y muchas personas parecían examinar algo muy particular con minuciosa y viva atención. Las palabras «¡extraño!» «¡singular!» y otras expresiones semejantes excitaron mi curiosidad. Me aproximé y vi, a manera de un bajo relieve esculpido sobre la blanca superficie, la figura de un gato gigantesco. La imagen estaba estampada con una exactitud verdaderamente maravillosa.
Había una cuerda alrededor del cuello del animal. Al momento de ver esta aparición, pues como a tal, en semejante circunstancia, no podía por menos de considerarla, mi asombro y mi temor fueron extraordinarios. Pero, al fin, la reflexión vino en mi ayuda. Recordé entonces que el gato había sido ahorcado en un jardín,contiguo a la casa. A los gritos de alarma, el jardín habría sido inmediatamente invadido por la multitud y el animal debió haber sido descolgado del árbol por alguno y arrojado en mi cuarto a través de una ventana abierta. Esto seguramente, había sido hecho con el fin de despertarme. La caída de los otros muros había aplastado a la víctima de mi crueldad en el yeso recientemente extendido; la cal de este muro, combinada con las llamas y el amoníaco desprendido del cadáver, habrían formado la imagen, tal como yo la veía. Merced a este artificio logré satisfacer muy pronto a mi razón, mas no pude hacerlo tan rápidamente con mi conciencia, por que el suceso sorprendente que acabo de relatar, grabóse en mi imaginación de una manera profunda. Hasta pasados muchos meses no pude desembarazarme del espectro del gato, y durante este período envolvió mi alma un semisentimiento. muy semejante al remordimiento. Llegué hasta llorar la pérdida del animal y a buscar en torno mío, en los tugurios miserables, que tanto frecuentaba habitualmente, otro favorito de la misma especie y de una figura parecida que lo reemplazara.
Ocurrió que una noche que me hallaba sentado, medio aturdido, en una taberna más que infame, fue repentinamente solicitada mi atención hacia un objeto negro que reposaba en lo alto de uno de esos inmensos toneles de ginebra o ron que componían el principal ajuar de la sala. Hacía algunos momentos que miraba a lo alto de este tonel, y lo que mé sorprendía era no haber notado más pronto el objeto colocado encima. Me aproximé, tocándolo con la mano.
Era un enorme gato, tan grande por lo menos como Plutón, e igual a él en todo, menos en una cosa. Plutón no tenía ni un pelo blanco en todo el cuerpo, mientras que éste tenía una salpicadura larga y blanca, de forma indecisa que le cubría casi toda la región del pecho.
No bien lo hube acariciado cuando se levantó súbitamente, prorrumpió en continuado ronquido, se frotó contra mi mano y pareció muy contento de mi atención. Era, pues, el verdadero animal que yo buscaba. Al momento propuse, al dueño de la taberna comprarlo, pero éste no se dio por entendido: yo no lo conocía ni lo había visto nunca antes de aquel momento. Continué acariciándolo y, cuando me preparaba a regresar a mi casa, el animal se mostró dispuesto a acompañarme. Le permití que lo hiciera, agachándome de vez en cuando para acariciarlo durante el camino.
Cuando estuvo en mi casa, se encontró como en la suya, e hízose en seguida gran amigo de mi mujer. Por mi parte, bien pronto sentí nacer antipatía contra él. Era casualmente lo contrario de lo que yo había esperado; no sé cómo ni por qué sucedió esto: su empalagosa ternura me disgustaba, fatigándóme casi. Poco a poco, estos sentimientos de disgusto y fastidio convirtiéronse en odio.
Esquivaba su presencia; pero una especie de sensación de bochorno y el recuerdo de mi primer acto de crueldad me impidieron maltratarlo. Durante algunas semanas me abstuve de golpearlo con violencia; llegué a tomarle un indecible horror, y a huir silenciosamente de su odiosa presencia, como de la peste.
Seguramente lo que aumentó mi odio contra el animal fue el descubrimiento que hice en la mañana siguiente de haberlo traído a casa: lo mismo que Plutón, él también había sido privado de uno de sus ojos.
Esta circunstancia hizo que mi mujer le tomase más cariño, pues, como ya he dicho, ella poseía en alto grado esta ternura de sentimientos que había sido mi rasgo característico y el manantial frecuente de mis más sencillos y puros placeres.
No obstante, el cariño del gato hacia mí parecía acrecentarse en razón directa de mi aversión contra él. Con implacable tenacidad, que no podrá explicarse el lector, seguía mis pasos. Cada vez que me sentaba, acurrucábase bajo mi silla o saltaba sobre mis rodillas, cubriendome con sus repugnantes caricias.
Si me levantaba para andar, se metía entre mis piernas y casi me hacía caer al suelo, o bien introduciendo sus largas y afiladas garras en mis vestidos, trepaba hasta mi pecho.
En tales momentos, aunque hubiera deseado matarlo de un solo golpe, me contenía en parte por el recuerdo de mi primer crimen, pero principalmente debo confesarlo, por el terror que me causaba el animal.
Este terror no era de ningún modo el espanto que produce la perspectiva de un mal físico, pero me sería muy difícil denominarlo de otro modo. Lo confieso abochornado. Sí; aun en este lugar de criminales, casi me avergüenzo al afirmar que el miedo y el horror que me inspiraba el animal se habían aumentado por una de las mayores fantasías que es posible concebir.
Mi mujer habíame hecho notar más de una vez el carácter de la mancha blanca de que he hablado y en la que estribaba la única diferencia aparente entre el nuevo animal y el matado por mí. Seguramente recordará el lector que esta marca, aunque grande, estaba primitivarnente indefinida en su forma, pero lentamente, por grados imperceptibles, que mi razón se esforzó largo tiempo en considerar como imaginarios, había llegado a adquirir una rigurosa precisión en sus contornos. Presentaba la forma de un objeto que me estremezco sólo al nombrarlo: y ésto era lo que sobre todo me hacía mirar al monstruo con horror y repugnancia, y me habría impulsado a librarme de él, ni me hubiera atrevido: la imagen de una cosa horrible y siniestra, la imagen de la horca. ¡Oh lúgubre y terrible aparato, instrumento del horror y del crimen, de la agonía y de la muerte!
Y heme aquí convertido en un miserable, más allá de la miseria de la humanidad. Un animal inmundo, cuyo hermano yo había con desprecio destruido, una bestia bruta creando para mí —para mí, hombre formado a imagen del Altísimo—, un tan grande e intolerable infortunio. ¡Desde entonces no volví a disfrutar de reposo, ni de día ni de noche! Durante el día el animal no me dejaba ni un momento, y por la noche, a cada instante, cuando despertaba de mi sueño, lleno de angustia inexplicable, sentía el tibio aliento de la alimaña sobre mi rostro, y su enorme peso, encarnación de una pesadilla que no podía sacudir, posado eternamente sobre mi corazón.
Tales tormentos influyeron lo bastante para que lo poco de bueno que quedaba en mí desapareciera. Vinieron a ser mis íntimas preocupaciones los más sombríos y malvados pensamientos. La tristeza de mi carácter habitual se acrecentó hasta odiar todas las cosas y a toda la humanidad; y, no obstante, mi mujer no se quejaba nunca, ¡ay! ella era de ordinario el blanco de mis iras, la más paciente víctima de mis repentinas, frecuentes e indomables explosiones de una cólera a la cual me abandonaba ciegamente.
Ocurrió, que un día que me acompañaba, para un quehacer doméstico, al sótano del viejo edificio donde nuestra pobreza nos obligaba a habitar, el gato me seguía por la pendiente escalera, y, en ese momento, me exasperó hasta la demencia. Enarbolé el hacha, y, olvidando en mi furor el temor pueril que hasta entonces contuviera mi mano, asesté al animal un golpe que habría sido mortal si le hubiese alcanzado como deseaba; pero el golpe fue evitado por la mano de mi mujer. Su intervención me produjo una rabia más que diabólica; desembaracé mi brazo del obstáculo y le hundí el hacha en el cráneo. Y sucumbió instantáneamente, sin exhalar un solo gemido mi desdicháda mujer.
Consumado este horrible asesinato, traté de esconder el cuerpo.
Juzgué que no podía hacerlo desaparecer de la casa, ni de día ni de noche, sin correr el riesgo de ser observado por los vecinos. Numerosos proyectos cruzaron por mi mente. Pensé primero en dividir el cadáver en pequeños trozos y destruirlos por medio del fuego. Discurrí luego cavar una fosa en el suelo del sótano. Pensé más tarde arrojarlo al pozo del patio: después meterlo en un cajón, como mercancía, en la forma acostumbrada, y encargar a un mandadero que lo llevase fuera de la casa. Finalmente, me detuve ante una idea que consideré la mejor de todas.
Resolví emparedarlo en el sótano, como se dice que los monjes de la Edad Media emparedaban a sus víctimas. En efecto, el sótano parecía muy adecuado para semejante operación. Los muros estaban construidos muy a la ligera, y recientemente habían sido cubiertos, en toda su extensión de una capa de mezcla, que la humedad había impedido que se endureciese.
Por otra parte, en una de las paredes había un hueco, que era una falsa chimenea, o especie de hogar, que había sido enjabelgado como el resto del sótano. Supuse que me sería fácil quitar los ladrillos de este sitio, introducir el cuerpo y colocarlos de nuevo de manera que ningún ojo humano pudiera sospechar lo que allí se ocultaba. No salió fallido mi cálculo. Con ayuda de una palanqueta , quité con bastante facilidad los ladrillos, y habiendo colocado cuidadosamente el cuerpo contra el muro interior, lo sostuve en esta posición hasta que hube reconstituído, sin gran trabajo toda la obra de fábrica. Habiendo adquirido cal y arena con todas las precauciones imaginables, preparé un revoque que no se diferenciaba del antiguo y cubrí con él escrupulosamente el nuevo tabique. El muro no presentaba la más ligera señal de renovación.
Hice desaparecer los escombros con el más prolijo esmero y expurgué el suelo, por decirlo así. Miré triunfalmente en torno mío, y me dije: «Aquí, a lo menos, mi trabajo no ha sido perdido».
Lo primero que acudió a mi pensamiento fue buscar al gato, causa de tan gran desgracia, pues, al fin, había resuelto darle muerte. De haberle encontrado en aquel momento, su destino estaba decidido; pero, alarmado el sagaz animal por la violencia de mi reciente acción, no osaba presentarse ante mí en mi actual estado de ánimo.
Sería tarea imposible describir o imaginar la profunda, la feliz sensación de consuelo que la ausencia del detestable animal produjo en mi corazón. No apareció en toda la noche, y por primera vez desde su entrada en mi casa, logré dormir con un sueño profundo y sosegado: sí, dormí, como un patriarca, no obstante tener el peso del crimen sobre el alma.
Transcurrieron el segundo y el tercer día, sin que volviera mi verdugo. De nuevo respiré como hombre libre. El monstruo en su terror, había abandonado para siempre aquellos lugares. Me parecía que no lo volvería a ver. Mi dicha era inmensa. El remordimiento de mi tenebrosa acción no me inquietaba mucho. Instruyóse una especie de sumaria que fue sobreseída al instante. La indagación practicada no dio el menor resultado. Habían pasado cuatro días después del asesinato, cuando una porción de agentes de policía se presentaron inopinadamente en casa, y se procedió de nuevo a una prolija investigación. Como tenía plena confianza en la impermeabilidad del escondrijo, no experimenté zozobra. Los funcionarios me obligaron a acompañarlos en el registro, que fue minucioso en extremo. Por último, y por tercera o cuarta vez, descendieron al sótano. Mi corazón latía regularmente, como el de un hombre que confía en su inocencia. Recorrí de uno a otro extremo el sótano, crucé mis brazos sobre mi pecho y me paseé afectando tranquilidad de un lado para otro.
La justicia estaba plenamente satisfecha, y se preparaba a marchar. Era tanta la alegría de mi corazón, que no podía contenerla. Me abrasaba el deseo de decir algo, aunque no fuese más que una palabra en señal de triunfo, y hacer indubitable la convicción acerca de mi inocencia.
—Señores —dije, al fin, cuando la gente subía la escalera—, estoy satisfecho de haber desvanecido vuestras sospechas. Deseo a todos buena salud y un poco más de cortesía. Y de paso caballeros, vean aquí una casa singularmente bien construida (en mi ardiente deseo de decir alguna cosa, apenas sabía lo que hablaba). Yo puedo asegurar que ésta es una casa admirablemente hecha. Esos muros... ¿Van ustedes a marcharse, señores? Estas paredes están fabricadas sólidamente.
Y entonces, con una audacia frenética, golpeé fuertemente con el bastón que tenía en la mano precisamente sobre la pared de tabique detrás del cual estaba el cadáver de la esposa de mi corazón.
¡Ah! que al menos Dios me proteja y me libre de las garras del demonio. No se había extinguido aún el eco de mis golpes, cuando una voz surgió del fondo de la tumba: un quejido primero, débil y entrecortado como el sollozo de un niño, y que aumentó después de intensidad hasta convertirse en un grito prolongado, sonoro y continuo, anormal y antihumano, un aullido, un alarido a la vez de espanto y de triunfo, como solamente puede salir del infierno, como horrible armonía que brotase a la vez de las gargantas de los condenados en sus torturas y de los demonios regocijándose en sus padecimientos.
Relatar mi estupor sería Insensato. Sentí agotarse mis fuerzas, y caí tambaleándome contra la pared opuesta. Durante un instante, los agentes, que estaban ya en la escalera, quedaron paralizados por el terror. Un momento después, una docena de brazos vigorosos caían demoledores sobre el muro, que vino a tierra en seguida.
El cadáver, ya bastante descompuesto y cubierto de sangre cuajada, apareció rígido ante la vista de los espectadores. Encima de su cabeza, con las rojas fauces dilatadas y el ojo único despidiendo fuego, estaba subida la abominable bestia, cuya malicia me había inducido al asesinato, y cuya voz acusadora me había entregado al verdugo...
Al tiempo mismo de esconder a mi desgraciada víctima, había emparedado al monstruo.


                                                                                          Edgar Allan Poe(Boston, 1809 - Baltimore, 1849)
 
 

La Enseñanza poderosa y perdurable

                 
 “(… )había algo muy noble en el hecho de enseñar a los alumnos a aprender, y ellos tenían ganas de complacernos, de compartir cosas con nosotros y de sonreírnos”. Peter Woods, 1998.

(Citado en Maggio 2012 Enriquecer la Enseñanza) 



En su libro Enriquecer la Enseñanza. Los ambientes con alta disposición tecnológica como oportunidad (2012) Mariana Maggio, pedagoga argentina, magíster en didáctica y profesora de Tecnología Educativa en la Universidad de Buenos Aires, ofrece como categoría clave la de inclusión genuina de tecnología, como aquella que “alcanza los propósitos de enseñanza y sus contenidos, pero adquiere su mayor expresión en la propuesta didáctica cuando emula en este plano de la práctica el entramado de los desarrollos tecnológicos en el proceso de producción de conocimiento”. Cuando hay inclusión genuina de la tecnología, ésta se produce de manera compleja con sentido pedagógico. En ese desafío otorga un lugar central al docente como protagonista de la innovación. 

 

La inclusión genuina de la tecnología va de la mano con lo que Maggio denomina enseñanza poderosa que implica una práctica docente aggiornada, compleja, reflexiva y genera aprendizajes valiosos y perdurables: 

 

  • La enseñanza poderosa da cuenta del estado del arte, del carácter abierto, inacabado y provisional del conocimiento: “la enseñanza no puede enseñar el pasado del conocimiento y pretender ser buena, porque si hay algo que define sustantivamente al conocimiento es su carácter provisiona”. La tecnología ofrece oportunidades de actualización y construcción del conocimiento disciplinar. 
  • La enseñanza poderosa permite adquirir conciencia epistemológica, es decir, pensar los marcos epistemológicos y metodológicos de las disciplinas. Las asignaturas no son solo un conjunto de hechos, datos y conceptos, tienen un entramado que da sentido, un modo de construcción. 
  • La enseñanza poderosa mira en perspectiva, es decir, ofrece diversas miradas. “El significado de cualquier hecho o proposición es relativo a la perspectiva o marco de referencia en términos del cual se construye (… ) Entender algo de una manera no evita entenderlo de otras maneras” (Bruner). 
  • La enseñanza poderosa está formulada en tiempo presente, es un acto de creación por parte del docente. Aquí Maggio habla de la planificación de la clase, como aquel conjunto de acciones a llevar a cabo: qué presentaciones, actividades, referencias teóricas, interrogantes críticos, materiales, tipos de análisis, perspectivas voy a utilizar y en qué momento. Decisiones que no serán estáticas pero que tendrán una base sustantiva que deberá llevarse a cabo para que la clase tenga sentido en relación al objetivo de enseñanza. Este “pensar la clase” debe producirse en tiempo presente, de manera contextualizada, aggiornada, pero en movimiento, provisional. 
  • La enseñanza poderosa es original en tanto es producto del que la lleva a cabo, la enseñanza poderosa es resultado de haber creado la propuesta con mano propia, de haberla pensado, imaginado. Pero la originalidad no tiene que ver solamente con que se trate de una creación propia, Maggio aboga por la originalidad didáctica frente a la tradicional estructura de la explicación inductiva o deductiva, que abre con una presentación, cierra con una síntesis e incluye una actividad de aplicación que luego es discutida en grupo. La originalidad didáctica implica alternar modos de tratamiento aunque esto implique cerrar una clase con un interrogante en lugar de una conclusión. 
  • La enseñanza poderosa conmueve y perdura. Maggio casi como confesión pero con una lucidez impecable afirma: “entiendo que apasionarse y emocionarse refleja ni más ni menos que el docente está involucrado y que no le da lo mismo dar clase (…) la enseñanza me conmueve y espero que lo mismo les suceda a mis alumnos de los que espero que se vayan de la clase pensando y sintiendo”. Una enseñanza actual, original, que ayuda a pensar en perspectiva deja marcas que perduran. 

Es a partir de esta idea-marco de enseñanza poderosa que Maggio propone los diferentes matices de la inclusión genuina de las tecnologías. Los invito a ver este video sobre una clase memorable.