La Edad
Media supuso para la mayoría de los géneros literarios un largo período en el
que los viejos géneros greco-latinos se fueron transformando, poco a poco,
hasta originar las primeras pinceladas de los géneros que conocemos hoy en día.
Así ocurrió con la lírica, con la narrativa y, como hoy vamos a ver, también con el cuento.
La
existencia de relatos breves o cuentos es común en casi todas las culturas. En
la Antigüedad este tipo de relatos solían insertarse en obras de mayor
extensión, muchas veces como interludio y otras como parte integrante de la
propia obra. Cuando no era así solían ser cuentos de tipo didáctico y moralizante, que en lugar de buscar la
excelencia literaria trataban de contar de forma sencilla una historia
igualmente simple, muchas veces una mera anécdota, que sirviera para aprender
alguna lección moral o ética.
A estos
cuentos se les conocía como ejemplos, apólogos o fábulas, y tuvieron mucho éxito en la primera parte de la Edad Media. No obstante,
con la aparición de los primeros signos de la modernidad -desruralización,
urbanización, aparición de la primera burguesía urbana- los cuentos empezaron a
explotar sus capacidades de entretenimiento, y a su vez, a mejorar su calidad
literaria.
Dada la
pronta aparición de este movimiento ciudadano en Italia, que se adelantó a las demás naciones
de Europa, es allí donde el cuento se “moderniza” en primer lugar. Giovanni Bocaccio fue el primer y más importante renovador del
género, con su obra el Decamerón, una amplia
colección de cuentos que iba a tener una influencia importantísima en los
siglos posteriores. Con la misma estructura narrativa que Las mil y una noches, el Decamerón incluye cuentos de procedencias muy diversas, y
los ambiente tanto en contextos fantásticos como -la mayoría de los veces- en
situaciones realistas. La principal novedad, no obstante, es que Bocaccio no
incluye en sus cuentos ninguna intención moralizante, con lo que se aleja
definitivamente de la tradición fabulesca y pone los cimientos del cuento
moderno.
Poco después
surge en Inglaterra el otro gran renovador del género, Geoffrey Chaucer, autor de los Cuentos de
Caterbury, de clara
influencia bocacciana. Al igual que el Decamerón, los cuentos de Chaucer carecen de intención
moralizante, son variados y están ambientados casi todos en ámbitos realistas,
protagonizados por personajes de su propia sociedad. Chaucer prestó mucha atención al estilo, que
hizo ameno y divertido, para hacerlo entretenido al futuro lector. Con su obra
quedó fijado el nuevo canon para la posterior aparición del cuento moderno.
